Muchos protocolos no colapsan de un día para otro. Primero se debilitan por dentro. Las recompensas bajan, los nodos menos eficientes se desconectan, la latencia aumenta y la calidad del servicio se deteriora poco a poco. Los usuarios lo notan después, cuando la experiencia ya es claramente peor. En infraestructura, los incentivos no son un detalle financiero: son el sistema nervioso de la red. Son lo que mantiene a miles de operadores invirtiendo en hardware, energía y mantenimiento para que los datos estén disponibles cuando alguien los necesita.
Walrus depende de algo más exigente que “máquinas encendidas cobrando tokens”. Necesita operadores que mantengan datos reales disponibles de forma continua, con redundancia y confiabilidad. Por eso $WAL no solo paga por participar, sino que busca coordinar ese comportamiento: recompensar disponibilidad útil, no presencia simbólica. Si $WAL logra equilibrar recompensas suficientes con demanda real de almacenamiento, la red se fortalece de manera orgánica. Si no, el abandono será gradual, silencioso e inevitable.

