La formación empresarial no es un gasto, es una inversión estratégica que se refleja en productividad, competitividad y resultados reales. Pero la mayoría de emprendedores lo tienen al revés: invierten miles en equipos, oficinas y publicidad, pero ni un peso en su cerebro.

El conocimiento es el único activo que aumenta de valor mientras más lo usas. En la economía actual, el capital intelectual constituye una fuente inagotable de ventajas competitivas y creación de valor. Las empresas que lo entienden crecen exponencialmente, las que no, se estancan.

Los datos son brutales: el 55% de las empresas con alto índice de crecimiento (que aumentaron sus ingresos entre 50-100%) proporcionaron de 30 a 50 horas de formación por empleado. Casi el 20% superó las 50 horas. ¿Coincidencia? No. Conocimiento aplicado.

Formarse bien impulsa la innovación, fomenta la adaptabilidad, mejora la calidad de tus productos y te permite actualizarte con las nuevas tecnologías del mercado. Pero sobre todo, te da algo que el dinero no compra: criterio para tomar decisiones correctas bajo presión.

El problema es que vivimos en una cultura donde la gente invierte más en su carro que en su mente. Gastan en apariencias pero no en cursos, libros o mentorías. Y luego se preguntan por qué sus negocios no despegan.

La educación para el emprendimiento es un motor del crecimiento futuro. Si quieres mantener tu competitividad, tienes que invertir en tus competencias, en tu capacidad de adaptarte y en tu capacidad para innovar.

Tu negocio nunca crecerá más allá de lo que tú crezcas. Forma tu mente hoy, y ella construirá tu imperio mañana.

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