Con el tiempo he entendido que no todos los proyectos importantes en blockchain son los más visibles. Muchos de los avances reales ocurren en capas que el usuario final casi nunca ve, pero que sostienen todo lo demás. Ahí es donde empieza a tener sentido hablar de infraestructura y, en ese contexto, de soluciones como Walrus.

Cuando se piensa en el futuro de Web3, especialmente en aplicaciones más complejas y en arquitecturas modulares, el tema de los datos se vuelve inevitable. ¿Dónde se almacenan?, ¿cómo se accede a ellos?, ¿qué tan confiables son? Son preguntas que no siempre se discuten, pero que definen si un ecosistema puede crecer o no. Walrus aparece como parte de esa conversación más amplia sobre cómo hacer que Web3 sea sostenible a largo plazo. No como una promesa inmediata, sino como una pieza que encaja en un problema real que aún se está resolviendo. Para mí, ese tipo de enfoque es el que termina siendo relevante cuando pasa el ruido y queda la utilidad.

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