Durante mucho tiempo he visto cómo el debate en Web3 gira casi siempre alrededor de velocidad, comisiones o nuevas narrativas. Sin embargo, con el paso del tiempo he llegado a una conclusión distinta: muchos de los límites reales del ecosistema no están en las transacciones, sino en cómo se manejan los datos.
A medida que las aplicaciones descentralizadas se vuelven más complejas y las arquitecturas modulares ganan protagonismo, la disponibilidad y el acceso a la información se convierten en un punto crítico. No es un tema llamativo, pero sí determinante. Sin datos confiables, ninguna aplicación puede escalar de forma sostenible.
En ese contexto, proyectos como Walrus aparecen de manera casi silenciosa, enfocándose en resolver problemas estructurales más que en seguir modas. No se trata de prometer resultados inmediatos, sino de construir bases que permitan que el ecosistema funcione mejor a largo plazo.
Personalmente, creo que este tipo de infraestructura será cada vez más valorada conforme Web3 madure. Cuando el ruido baja, lo que permanece es aquello que realmente aporta utilidad. Y ahí es donde soluciones enfocadas en datos empiezan a cobrar un sentido mucho más profundo.