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El viejo relojero, Elías, pasó sus últimos días reparando relojes olvidados en una pequeña tienda polvorienta. Una tarde, una misteriosa niña llegó con un reloj de bolsillo roto. “Le pertenecía a mi abuelo,” susurró. Elías trabajó toda la noche, manos temblorosas, ojos firmes. Cuando la primera luz del amanecer tocó el horizonte, el reloj volvió a sonar. Un único repique resonó en la habitación silenciosa. La niña sonrió, y por un momento, Elías vio el reflejo de su abuelo en sus ojos. Cuando los aldeanos llegaron a la mañana siguiente, la tienda estaba vacía — solo el tic-tac de innumerables relojes permanecía.
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