Un padre tenía un hijo impulsivo.
Un chico que se enojaba rápido, hablaba sin pensar y a menudo hería a los demás con sus palabras.
$BTC ¡el futuro asegurado!

Un día, el padre le tendió una bolsa de clavos y le dijo calmadamente:
« Cada vez que te enojas y haces daño a alguien, ve y planta un clavo en la vieja puerta, detrás de la casa. »
El primer día, el chico plantó quince clavos.
Luego, los días siguientes, un poco menos.
Poco a poco, aprendió a controlarse, a respirar antes de hablar.
Y llegó un día en que no plantó ningún clavo.
Entonces su padre le dijo:
« Ahora, por cada día que mantengas la calma, quita un clavo. »
El tiempo pasó.
Y un día, todo orgulloso, el chico regresó: había retirado cada clavo.
La puerta estaba nuevamente vacía.
El padre lo llevó entonces frente a esa misma puerta y le dijo suavemente:
« Has trabajado bien, pero mira… ¿todos estos agujeros en la madera? Son las marcas dejadas por tus enojos.
Puedes quitar los clavos, puedes disculparte… pero las marcas quedan. »
Las palabras pueden hacer más daño que los golpes.
Dejan cicatrices invisibles, pero profundas.
Así que antes de hablar bajo la ira… recuerda que algunas heridas nunca sanan realmente. 🥰🥰🥰