A finales de la década de 1950, un científico llamado John B. Calhoun tenía la intención de crear un paraíso.

No para los humanos, sino para los ratones.

Llamó a este experimento Universo 25. Un mundo donde no había hambre, sed ni peligro. La comida era ilimitada, el agua pura y el refugio completamente seguro. Por primera vez en la historia de la naturaleza, la vida fue liberada de todas las dificultades.

Los ratones prosperaron, crecieron rápidamente, jugaron, durmieron y vivieron sin miedo. Su pequeño mundo se llenó de movimiento y vida: una ciudad bulliciosa de paz y comodidad.

Pero a medida que las semanas se convirtieron en meses, la población comenzó a crecer... y algo dentro del paraíso empezó a romperse.

Cuando la cantidad llegó a alrededor de 600, comenzó a propagarse una descomposición invisible.

Los ratones más poderosos ocuparon los mejores lugares.

Los débiles se aislaron.

Las madres, que alguna vez arriesgaban sus vidas por sus crías, comenzaron a abandonarlas, incluso a atacarlas.

Los machos se volvieron o excesivamente agresivos o extrañamente insensibles, negándose a reproducirse.

La armonía se desmoronó por completo.

Luego llegó otra etapa: el silencio.

Sin nuevos nacimientos, sin peleas.

Solo soledad.

Los ratones se quedaban sentados en un lugar, limpiándose repetidamente, como si esperaran que pasara el tiempo.

La comida y el agua seguían estando disponibles, pero el deseo de vivir se había extinguido.