Los Estados Unidos son como esa prostituta clásica de la carretera, parada a la sombra de una gasolinera medio destruida, con un neón roto parpadeando débilmente y olor a diésel quemado. Se arregla toda: bandera de estrellas y rayas como ropa barata, tacones altos de portaaviones, lápiz labial rojo de Hollywood. Se queda allí en el margen de la carretera global, moviéndose para todo camión que pasa, prometiendo protección, dólares frescos y seguridad contra los bandidos del mundo. Dictadores, reyes del petróleo, europeos arruinados: todos paran, pagan caro por adelantado y llevan el paquete completo – bases militares, deudas eternas o una guerra “por la libertad” de regalo. El cliente piensa que está en control, pero quien dicta las reglas es ella. Piensa que será rápido y recibe un “tranquilo, vaquero, yo decido el ritmo”. Abre las piernas solo para quien paga más, cierra todo si el cheque vuelve sin fondos y, si alguien se queja en voz alta, recibe sanciones en la cara o un dron que “accidentalmente” explota en la casa equivocada. La tabla de precios es pública: tanto por apoyo en la ONU, tanto por armas, tanto por espionaje de cortesía. Cuando el cliente coquetea con la china del otro lado de la pista – que cobra menos y no da la lata con sermones morales – ella hace un escándalo de esposa traicionada, gritando que eso amenaza su “seguridad nacional”. El taller ya está oxidado, el asfalto agrietado, el neón apenas se enciende, la deuda mayor que continentes enteros, pero el movimiento nunca para. Todo el mundo necesita una parada rápida, sucia y sin compromiso. Ella lo sabe, sonríe con dientes perfectos de propaganda, guiña un ojo y susurra ronca: “Ven, cariño… Hazme grande otra vez. Solo unos miles de millones más y te llevo al paraíso.”
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