Publicé una reflexión esta semana y muchos la criticaron y la trivializaron.
Pero miren qué acaba de confirmarse: las acciones de los Estados Unidos contra Venezuela nunca tuvieron nada que ver con la "democracia" ni con el "combate al narcotráfico". Siempre fue un juego de poder.
Las acusaciones contra Nicolás Maduro, vendidas como verdades absolutas, sirvieron como una cortina de humo. Narrativa clásica: se crea un villano, se repite la mentira hasta que parezca un hecho, y luego llega la "solución salvadora". Cobarde, predecible y matemáticamente calculado.
La primera acción concreta anunciada fue clara: control del petróleo venezolano. No se trata de justicia, se trata de dinero, influencia y dominio estratégico. Siempre fue así.
Y cuando alguien se atreve a decir esto en voz alta, lo llaman exageración, paranoia o teoría de la conspiración. Pero la verdad tiene un problema grave para quien miente: siempre aparece.
Quedo el aviso a los países de América del Sur: manténganse atentos. Las intervenciones no comienzan con tanques cruzando fronteras de un día para otro. Comienzan con discursos, acusaciones fabricadas e intereses "económicos". Hoy es Venezuela. Mañana podría ser cualquier otro país que tenga algo demasiado valioso para permanecer en paz.
Ignorar los hechos no los hace desaparecer. Las mentiras caen cuando la realidad se impone. Esta acción contra Maduro nunca fue el fin — siempre fue solo un paso más cerca de un objetivo mayor.
Si algunos aún creen que esto no tiene nada que ver con Brasil, piensen:
👉 cuando una superpotencia decide intervenir militarmente y administrar recursos energéticos como el petróleo de un país vecino, abre la puerta a nuevas intervenciones regionales en el futuro.
👉 no comienza con tanques en Brasil hoy, pero sí con precedentes — con una lengua de superioridad geopolítica que dice: "Nosotros decidimos lo que pasa en América del Sur".
— Rodrigo Fernandes