La mayoría de la gente trata el final de la semana como un marcador, contando movimientos y comprobando quién tenía razón. He notado que cuando todos hacen eso, el estado real del mercado a menudo pasa desapercibido.
Esta semana parecía ruidosa en la superficie. Las pantallas se movían, las conversaciones se llenaban, las líneas de tiempo permanecían activas. Sin embargo, bajo la superficie, había una extraña vacilación, como si los participantes estuvieran actuando porque debían hacerlo, no porque estuvieran convencidos.
Me atrapé reaccionando más rápido de lo que estaba pensando, luego desacelerando y preguntándome por qué. Ese vaivén se repetía una y otra vez. No era exactamente miedo, ni tampoco confianza. Más bien una incertidumbre compartida que nadie quería nombrar.
Lo que destacó no fue lo que sucedió, sino lo rápido que la gente intentó enmarcarlo. Las narrativas se formaron casi al instante y, tan rápido, se sintieron superficiales. He visto eso antes, generalmente cuando la atención es mayor que la convicción.
Al final de la semana, la actividad se sentía menos como progreso y más como posicionar emociones por adelantado.
¿Realmente se trataba de movimiento esta semana, o de que todos intentaban tranquilizarse en tiempo real?