Una mirada crítica a los bancos centrales
Hace unos días, trece principales banqueros centrales emitieron una declaración conjunta en apoyo de Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal de EE. UU. El mensaje central del documento suena familiar, casi ritualístico:
"La independencia del banco central es un pilar fundamental de la estabilidad de precios, la estabilidad financiera y la estabilidad económica, en interés de los ciudadanos que servimos."
A simple vista, parece técnico y tranquilizador. Pero al examinarlo con atención, esta declaración se basa en tres supuestos profundamente cuestionables: la independencia, la estabilidad de precios y actuar en interés público.
La primera mentira: el mito de la independencia
Los bancos centrales se presentan como instituciones políticamente independientes, guiadas únicamente por la experiencia técnica. En la realidad, su margen de maniobra es mucho más limitado.
Cuando la deuda gubernamental alcanza niveles insostenibles, los bancos centrales quedan efectivamente obligados a intervenir. Las inyecciones de liquidez ya no son opcionales; se convierten en una necesidad para evitar que la burbuja de deuda pública colapse. En ese momento, la "independencia" se vuelve secundaria frente a la supervivencia del sistema.

Los banqueros centrales no son elegidos por los ciudadanos. Son nombrados por élites políticas y económicas. No es sorprendente que sus acciones tiendan a proteger el sistema del que dependen esas élites. En la práctica, los bancos centrales operan menos como árbitros neutrales y más como guardianes del orden financiero existente.
Un detalle revelador es la ausencia del banco central de China en esta declaración. El Banco Popular de China depende abiertamente del Partido Comunista, y sin embargo ha logrado períodos de estabilidad de precios. Esto por sí solo cuestiona la idea de que la independencia formal es un requisito previo para la estabilidad monetaria, especialmente considerando que ahora la oferta monetaria de China rivaliza o supera la de Estados Unidos.
La segunda mentira: la ilusión de estabilidad de precios
Cuando los bancos centrales hablan de "estabilidad de precios", una pregunta importante suele ignorarse: ¿qué precios?
Los bienes de consumo pueden aumentar gradualmente, pero la verdadera inflación ha ocurrido en otro lugar. Los activos financieros han experimentado una apreciación sin precedentes:
Acciones en máximos históricos
Oro y plata en niveles récord
Commodities como el cobre y el platino en alza
Los precios de la vivienda alcanzando extremos
Deuda privada y pública en máximos históricos

Esto es inflación de precios de activos a gran escala. Beneficia desproporcionadamente a quienes ya poseen activos, al tiempo que erosiona el poder adquisitivo de los salarios. La participación de los ingresos laborales en el producto nacional disminuye, mientras que los ganancias de capital ascienden.
Llamar a este resultado "estabilidad" requiere una definición muy selectiva del término.
La tercera mentira: actuar en interés de los ciudadanos
Si los bancos centrales actuaran realmente en interés público, sus propuestas de política reflejarían eso. El euro digital ofrece un caso claro de estudio.
En lugar de empoderar a los ciudadanos, una moneda digital programable introduce mecanismos de control sin precedentes. Los gastos podrían restringirse, condicionarse o penalizarse automáticamente. La eficiencia es la justificación pública, pero el control es la consecuencia estructural.
Al mismo tiempo, el modelo propuesto no ofrece rendimiento alguno a los ciudadanos. Los euros en efectivo serían absorbidos por el banco central para fines de inversión, mientras que los usuarios recibirían una obligación digital que no paga intereses y ofrece menos autonomía.

Esta asimetría plantea una pregunta obvia: ¿quién realmente se beneficia?
Conclusión: más allá del lenguaje técnico
La declaración conjunta de los trece banqueros centrales no resiste el escrutinio. Los bancos centrales no son independientes de manera significativa. Sus políticas no han generado una estabilidad de precios genuina. Y sus iniciativas priorizan cada vez más el control del sistema sobre el bienestar de los ciudadanos.
Detrás del lenguaje formal y el jergón técnico se esconde un patrón consistente: degradación monetaria, inflación de activos, concentración de riqueza y la silenciosa erosión del poder adquisitivo.
Las "tres mentiras" no son errores de comunicación. Son pilares narrativos diseñados para legitimar un sistema que traslada los costos hacia abajo mientras preserva la estabilidad en la cima.
Y cuanto más a menudo se repiten estas declaraciones, más claro se vuelve esa realidad.
