El mercado ha entrado en modo de alerta máxima.

Cuando la política toca el abismo, el dinero no espera discursos, huye.

El Nasdaq sintió el golpe, los semiconductores sangraron y la narrativa es sencilla: una tarifa de emergencia colgando por un hilo jurídico. Trump apostó alto, la Corte Suprema se convirtió en árbitro, y Wall Street odia la incertidumbre. No se trata de izquierda o derecha. Se trata de riesgo sistémico.

Las tarifas de dos dígitos cuestionadas no son un detalle técnico, son dinamita fiscal. Si caen, llegarán reembolsos billonarios, caos regulatorio y una guerra política abierta. Si permanecen, el costo inflacionario volverá a la mesa. En cualquier escenario, la volatilidad ya ha sido liberada.

Y cuando el mercado tradicional comienza a temblar, el capital hace lo que siempre ha hecho: busca salida.

Es en este vacío donde los activos fuera del sistema ganan narrativa. Bitcoin no pide autorización judicial, no depende de decretos y no cambia de reglas en medio del juego. En momentos así, la correlación se convierte en mito y la protección se vuelve prioridad.

El mercado ya está votando con los pies.

Quien entiende, ajusta su posición.

Quien ignora, se convierte en liquidez.

El ojo del huracán se ha formado. Ahora no es momento de apuestas, es momento de lectura fría, gestión de riesgo y visión estratégica.

La tormenta no avisa dos veces.

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