En el mercado, no hay caos ni conspiración.
Aquí rige una antigua ley implacable: la oferta y la demanda.

Lo imaginan como un dragón.
No es malvado, no es cruel.
No persigue, no ataca.
Simplemente espera, paciente, silencioso, mientras los caballeros se agotan tratando de pasar.

Valientes caballeros se lanzan en su brillante armadura de presentaciones,
espadas de ruidosos lemas en mano,
convencidos de que pueden alcanzar el castillo y ganar a la princesa.

La primera batalla siempre es la misma: atacan, comercializan, gritan.
El dragón no hace nada.

A veces, aparece un destello de esperanza: los precios suben, los algoritmos parpadean en verde, la multitud aplaude.
El caballero piensa que ha triunfado.

Pero luego llega el silencio.
No descanso. No paz.
Un pesado y interminable vacío.

No aparecen compradores.
Nadie se presenta.
El mercado no ofrece nada.
Los recursos del caballero disminuyen.
El tiempo se acaba.
La fe se desvanece.
Se vuelve débil, lo suficientemente desesperado como para sentir el peso de cada fracaso.

Y entonces el dragón habló.

“Perdóname, amigo,” dijo con calma.
“No soy yo quien te separa de la princesa.
Ella eligió diferente.
Intentaste alcanzarla con espadas y lemas.
Pero ella no desea tratar contigo.
Ignoraste su verdadero deseo.
Y ahora, gastado y vacío, enfrentas lo que siempre ha sido cierto: la elección nunca fue tuya.”

El caballero colapsó en la comprensión.
El dragón no era el enemigo.
No golpeó, no alimentó, no juzgó.
Simplemente reveló los límites que las ilusiones del caballero no pudieron superar.

La princesa — la demanda — permaneció como siempre:
silenciosa, paciente, apareciendo solo cuando la oferta verdaderamente satisfacía sus necesidades.
Ruido, bombo, presentaciones — todos abrieron puertas, pero ninguno pudo forzar la entrada.

El caballero tropezó, roto.
Había aprendido la verdad más dura: el mercado no recompensa el esfuerzo.
No castiga las mentiras.
Solo refleja la realidad.

Y solo aquellos que aprenden a leer la demanda real — no el bombo, no las ilusiones — sobreviven.
Aquellos que soportan el vacío, quienes entienden lo que el dragón nunca dice, permanecerán en el castillo.

El dragón se calló de nuevo.
No se movió, no respiró fuego.
Solo esperó.
Para el próximo caballero, para el próximo soñador.

Porque la ley de la oferta y la demanda nunca duerme.
No ataca.
No perdona.
Espera, paciente como la muerte.

Y la verdadera prueba siempre comienza después de la batalla, cuando las ilusiones se han desvanecido y la realidad se presenta desnuda ante el caballero exhausto y vacío.

#SupplyAndDemand