Durante años, el debate en blockchain giró alrededor de velocidad, costos y escalabilidad. Se asumió que, una vez resueltos esos puntos, la adopción financiera llegaría sola. En la práctica ocurrió lo contrario: cuando estos sistemas intentaron operar bajo reglas, auditorías y responsabilidad legal, quedó claro que el problema no era técnico, sino de diseño desde el origen.
Muchas blockchains funcionan bien como demostraciones abiertas, pero fallan justo cuando dejan de ser una demo. No porque sean lentas o caras, sino porque fueron diseñadas bajo la idea de que todo debía ser visible y sin excepciones. En finanzas reales, esa lógica no solo es poco práctica, es inviable. Cuando una red obliga a exponer información sensible o a depender de soluciones externas para cumplir normas, el problema ya no es de adopción, sino de estructura.
Ahí es donde enfoques como el de @Dusk empiezan a tener sentido. Dusk no intenta adaptar finanzas a una blockchain genérica, sino construir una infraestructura pensada desde el inicio para operar con privacidad y cumplimiento integrados. Eso permite emitir activos, ejecutar lógica financiera y cumplir reglas sin convertir cada operación en una excepción que deba justificarse después.
Al final, los proyectos que realmente perduran rara vez son tendencia en el corto plazo. Su valor aparece cuando el ruido baja y solo queda lo que funciona. En finanzas, no gana quien grita más fuerte, sino quien diseña mejor. Y ese tipo de decisiones casi siempre pasan desapercibidas… hasta que se vuelven inevitables.
