Durante años, el mercado cripto fue presentado como una revolución financiera imparable, con $BTC y $ETH liderando un supuesto cambio de paradigma económico. Sin embargo, desde una lectura conspirativa, este auge no fue más que una etapa cuidadosamente orquestada dentro de un plan industrial mayor. Las criptomonedas no eran el destino final, sino un simple mecanismo para preparar el terreno de la verdadera apuesta: la computación masiva orientada a la inteligencia artificial.
El detonante fue el minado. Tokens como $BTC, $ETH (en su etapa proof-of-work), $LTC o incluso fenómenos virales como $DOGE y $SHIB impulsaron una fiebre global por las tarjetas gráficas. A esto se sumaron proyectos de alto riesgo o directamente caóticos como $LUNA, $FTT o $BCC, que, pese a sus colapsos, contribuyeron a mantener la narrativa de que más potencia de cálculo equivalía a más beneficios. El resultado fue una demanda descontrolada de GPUs y un mercado dispuesto a pagar cualquier precio.
Desde esta perspectiva, el ecosistema cripto funcionó como un gigantesco laboratorio. Se testaron arquitecturas, se optimizó el procesamiento paralelo y se educó al mercado en ciclos de escasez, sobreprecio y obsolescencia acelerada. Mientras los inversores discutían sobre $XRP, $SOL o la próxima memecoin, la infraestructura se consolidaba silenciosamente.
Cuando la burbuja comenzó a desinflarse, el relato cambió casi sin fricción. El mismo hardware que antes prometía libertad financiera pasó a ser indispensable para entrenar modelos de IA, redes neuronales y sistemas generativos. No hubo ruptura, solo una transición narrativa.
En este relato conspirativo, tokens como $BTC, $SHIB o incluso $LUNA no fueron accidentes, sino herramientas: el cebo perfecto para manipular el #mercado, justificar la compra masiva de GPUs y allanar el camino hacia un dominio absoluto de la computación para inteligencia artificial.


